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Como en todas  partes, siempre existen los “dateros” en los hipódromos.

 

Nuevamente está con nosotros Mario Galantini, gran aficionado hípico, propietario de caballos. Tiene su stud Campo Ameno y es asiduo lector de nuestro portal. Y siempre gusta de redactar notas y entretenidas anécdotas.

Acá lo dejamos con un interesante artículo, que esperemos sea de su agrado.

DATERO Y YO

Por Mario Galantini

Evidentemente esta humilde crónica no pretende establecer paralelo alguno con una de las obras cumbres de Juan Ramón Jiménez, de título parecido. Es solo que me interesa hablar sobre un espécimen que existe no solo aquí sino –sospecho- en prácticamente todos los hipódromos del mundo: el “datero”. Cabe aclarar que no me refiero con carácter peyorativo al término (ni a espécimen ni a datero). De hecho, considero al datero como un personaje casi folclórico, incluso divertido, y hasta cierto punto entrañable. Comenzando mis vericuetos timberos en la hípica (en pre adolescencia) conocí a varios de ellos, y a pesar de los pequeños desastres financieros que pudieron haberme generado, recordarlos me genera una sonrisa.

Particularmente no recuerdo la trascendencia de haber necesitado nunca de “datos”. Ni cuando yo elegía a mi ganador entre los nombres de los participantes que me leía mi papá (a los 4 años), ni cuando, ya independizado totalmente del consejo ajeno (a los 11 o 12 años), sostenía largas tertulias hípicas en la concesión Lobatón de Lince (de ese gran señor que fue Orestes Bueno) con mis amigos Nikolay, Iván, “Motor”, “Bolichera”, “Don Ramón” y otros más, algunos de ellos bastaaaaantes años mayores que yo. Ello sucedía religiosamente todos los domingos desde un poco antes del mediodía, luego de haber tomado desayuno y escuchado a Robalca en su programa en radio “El Sol”, y al cabo de una corta bicicleteada desde mi casa. Y ello se repitió por años que recuerdo con mucho cariño.

Aquellas conversaciones giraban básicamente en torno al programa dominical, a la dupleta, al vale o a la cuádruple que habría de confeccionarse, y los tonos de las charlas parecían convencerme de que yo era una especie de pequeño gurú en la materia. Los puntos de vista y las conclusiones se derivaban de una multitud de aspectos, como el desarrollo de la carrera, la habilidad del jinete, la distancia, el lote de hándicap, etc. Cómo no, tampoco faltaban las opiniones en el sentido de si era el cumpleaños del preparador, de que tal jockey solo corría para ir “para atrás” con los caballos de tal stud, o que fulanito había llegado del hipódromo con determinada primicia sinónimo de “cochinadita”. Incluso, estaba el “numerólogo” que no dejaba de asegurar respecto del alto porcentaje de su efectividad. Charlas imperdibles. Desde luego, a la semana siguiente siempre habríamos de encontrarnos con el héroe que la achuntó de plano, mientras el resto nos sentíamos unas mazamorras en plan de revancha, que perdimos “porque en la ventanilla cambié al 6 por el 11”.

En tales circunstancias, cada quien terminaba brindando su propio “dato”. Pero eran datos básicamente surgidos de la discusión de criterios propios. No era el dato inventado casi al azar que pretendía transmitirse a cambio de algún tipo de compensación. Como los que dan los dateros, llamemos “profesionales”, que datean 4 caballos (a 4 personas diferentes) de 6 que corren, y uno les va a ligar. Para los 3 restantes siempre habrá excusas razonables del fracaso. Aunque hay audaces que dan como plata en el banco dupletas e incluso apuestas más complicadas.

Por alguna razón que no recuerdo claramente, en algún momento de tierna edad comencé a asistir directamente al hipódromo (y/o caseta al paso) para hacer algunas apuestas. Y allí, bastante antes de obtener mi DNI, conocí directamente a los “especímenes”. Primero te abordaban, luego te hablaban del tipo de relación que tenían con tal o cual jinete, preparador o vareador. Posteriormente, desde luego, te aseguraban que tales carreras “ya estaban corridas”. Lamentablemente, su generosidad estaba limitada al hecho de que estaban misios y que necesitaban una colaboración para ellos mismos jugar los boletitos que tú habrías de cobrar en paila. Me la hicieron una, dos, tres veces…no sé. Mi apremiada financista de ese entonces, mi viejita, se debe acordar de ese detalle desde el cielo.

Hace algunos años, saliendo yo de la caseta al paso que está en el hipódromo, se me acercó un muchachito que apenas debía rozar la mayoría de edad. Se me presentó como medio hermano del jinete fulano, y me ofreció compartir cierta información “privilegiada”. Lo miré con atención, recordé tiempos pasados con nostalgia, sentí cierta ternura y… ¡lo mandé a volar a punta de carajos! Pero no pude dejar de pensar que incluso estas cosas hacen linda a la hípica.