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El “teacher” se piensa jubilar en Argentina. (Foto: Carlos Sarraf).

 

Buenos Aires (Por Damián Cáceres) Es el jockey con más triunfos del mundo. Todavía sueña con ampliar el margen y advierte: "Muchos confunden al turf con el juego, con la timba y esto no es sólo eso. El turf es mucho más grande que apostar".

Caminar a su lado por el Hipódromo de San Isidro es una verdadera experiencia. Todos, absolutamente todos, lo miran con fascinación. Admiración por un hombre de 1,62 metro y 55 kilos que se mueve como si fuera una estrella de rock que no baja la mirada y, uno a uno, responde a los cálidos saludos. Eso sí, nadie se le abalanza, todos respetan su andar elegante mientras el intangible sonido burrero invita a disfrutar una tarde en una de las catedrales vernáculas del turf argentino. Con un celular en cada mano, el carioca Jorge Ricardo, que en septiembre cumplirá 58 años, estima qué desde su debut, en noviembre de 1976, acumula cerca de 60.000 carreras. “Creo que nadie llegó a tanto”, dice con pasmosa serenidad Ricardinho, el hombre récord que ya cruzó un horizonte que parecía inexpugnable: sumar más victorias que ningún otro jockey en el mundo. Trono que hasta febrero de 2018 le pertenecía al canadiense Russell Baze. Al 30 de abril pasado, según diferentes sitios especializados en turf, acumula la friolera de 12.964 triunfos y convencido le afirma a Enganche: “Todavía tengo ganas, siento la adrenalina por correr y ganar”. Hace una pausa, se disculpa, e invita a comer garrapiñadas que él mismo compra a 40 pesos el paquete. “No sé cuándo voy a dejar. Será el día que me levante y diga que estoy cansando, que no tengo más motivación o que tenga miedo. Todo en la vida implica decisiones. Todo tiene un comienzo, un medio y un fin. A mí me gustaría que no terminase nunca, pero nadie es eterno en la vida”.

Sentado en una de las mesas exteriores, “Ricardinho” le da la espalda a la pista, a la cancha, pero a cada rato se da vuelta para observar los desenlaces de las carreras que se suceden mientras conversa. “Es más fuerte que yo. Me encanta el turf. Es un mundo apasionante que muchas veces tiene mala fama, mala fama equivocada. Muchos confunden al truf con el juego, con la timba y esto no es sólo eso. Uno puede venir a San Isidro y disfrutar de un día, comer en un restaurante, estar con amigos. Las personas que no conocen dicen eso y el turf es mucho más grande que apostar, que personas que vienen y pierden plata. Hay personas que juegan mucho, es cierto. Pero no son los únicos”, ensaya una explicación que, por un momento le borra la sonrisa amable. Se nota que es algo que lo perturba. “No me gusta apostar. Está prohibido. Nunca me gustó. Y eso (por las apuestas) es lo que genera una mirada errónea. Creo que todo el mundo debería vivir, al menos una vez en la vida, la experiencia de ver una carrera. Es una sensación fantástica”, sostiene el jockey que en 2006 se afincó en la Argentina, tras ganar todo en su país. La combinación de una creciente crisis en el turf brasileño y una generosa propuesta de la caballeriza Rubio B., de Ricardo y Nicolás Benedicto, trajeron su voracidad a las pistas domésticas. Hoy, como un cuentapropista, el brasileño se define como un freelancer del turf. “Con Estudio B. nos desvinculamos en 2017 y ahora estoy corriendo bastante para Las Monjitas, una caballeriza importante que está ligada al polo pero en el turf tiene muy buenos caballos. El dueño es colombiano y con ellos ganamos varios clásicos”. Y añade: “Yo no me arrepiento de nada. Soy un predestinado. Nací para ser jockey, no sabría hacer otra cosa. Si vos de chico venías y me preguntabas si quería ser jugador de fútbol o ser ingeniero o ser médico te decía que no. Yo siempre quise ser jockey”. Es cierto, el destino de Ricardinho estaba marcado a fuego. Antonio, su papá, fue un eximio jockey y cuidador, sus tíos también fueron jockeys y luego viraron a cuidadores. “Uno nunca sabe qué es lo que va a pasarle en la vida. Porque cuando sos joven tenés un sueño, tenés una voluntad y las cosas van cambiando con el tiempo. Pero yo, desde chiquito, me imaginé siendo jockey”, advierte.

Si su destino era inevitablemente estar arriba de los caballos para correr a toda velocidad, los recuerdos se hacen borrosos para este jockey de facciones puntiagudas y delgadas. “No me acuerdo la primera vez que monté un caballo. Sólo tengo el recuerdo porque vi una foto de cuando tenía 5 años y ya montaba un caballo con mi papá. Esa vez fue la primera vez que mi papá me puso encima de un caballo. Después, cuando tenía 8 o 10 años montaba en el campo a toda hora”.

Contemporáneo con grandes como Pablo Falero, Jacinto Herrera y Jorge Valdivieso, junto con el carioca formaron el cuarteto estelar de las pampas. Un uruguayo, un peruano, un argentino y un brasilero para conformar algo así como el clásico de los clásicos de Sudamérica. “Inigualables. Enormes. Con Valdivieso competí poco, sólo cuando venía acá porque cuando me radiqué en la Argentina, Valdivieso estuvo en competencia dos años más. Para mí, tres grandes jockeys, fue un honor ganar y perder con ellos”, reconoce el hombre que sufrió varias caídas que le produjeron roturas de las clavículas, un húmero, una muñeca y un codo (este en 15 partes), además de padecer un linfoma que lo marginó de las pistas por cinco meses. “En linfoma apareció grande en 2009. Venía tratándolo, cuidándome con controles periódicos porque no era un linfoma de alto grado. En 2009 sufro una rodada en San Pablo y volví para Argentina y se había agrandado y era momento de intervenir y de hacer quimioterapia. Estuve parado, pero siempre le dije a los médicos que quería correr”, alega el hombre que nunca se resignó y volvió para hacer lo suyo: correr y ganar. “Para mí eso fue peor que una rodada, porque una caída es algo que puede sucederte, está dentro de las reglas del juego de un deporte de riesgo como es el turf y eso uno lo sabe, pero yo nunca había tenido ni un resfrío”.

- ¿Se puede tener miedo…?

- ¿Arriba del caballo? No, no es lo recomendable. Si tenés miedo es mejor no correr. Es una profesión riesgosa, es una profesión difícil. En algún momento te podés caer. Las medidas de seguridad no han cambiado tanto, sólo que se han mejorado. Lo único, antes se corría sin cascos y hoy pesan muy poco y son muy buenos. Los chalecos de protección para amortiguar los golpes. Riesgo siempre vamos correr porque arriba del caballo somos nosotros el paragolpe. Es como si fuera una moto. Muchas veces te caés y no pasa nada y otras te hacés mierda. Hay jockeys que dejaron de correr por temor, porque no se sentían en condiciones de seguir corriendo. Creo que hay jockeys más corajudos que otros.

 

 

El coraje para Ricardo, claro, es un valor, un extra que todo jockey, en mayor o menor medida, debería ostentar. “No se trata de presumirlo sino de ejercerlo y ejecutarlo con cuidado. Porque ser corajudo no es meterte a cualquier precio sin importarte el otro. Me considero bastante corajudo. Algunos se cuidan más. Tener coraje en carrera es meterte en un lugar chico, forzar una pasada en un espacio muy corto”.

Más allá de la valentía, lo que más le duele es la derrota, lo más frecuente al momento de competir. “Ganar es lo menos usual, lo sé. Perder sería lo más lógico porque uno, como en la vida, acumula más derrotas que victorias. Pero cuando pierdo me cobro mucho. Me enojo conmigo, me amargo porque podría haber corrido distinto. Nuestras decisiones son muy rápidas, en fracciones de segundos. Y uno aprende a tomar decisiones en pocos segundos. Eso se adquiere con la experiencia y con saber resolver en un momento, en un chasquido. Y no dependés de vos solo. Yo en general, si para ganar, tengo que correr un riesgo me arriesgo pero no lo hago cuando entiendo que está en juego mi vida y la del rival”, reconoce el hombre que, para estar pleno y competitivo con pibes a los que les saca hasta 30 años, se entrena mucho más que cuando debutó a los 15. “No queda otra. Ahora me preparo un poco más porque necesito igualarlos. Además de montar, salgo a correr, voy al gimnasio y tengo un personal trainner y una alimentación mucho más cuidada que cuando era un pibe”, revela parte de su receta, parte de la fórmula que lo llevó a lo más alto porque si bien se considera un predestinado, admite que no es ningún iluminado sino un jockey que se forjó en base al sacrificio y al trabajo planificado.

“Sé que me voy a jubilar en la Argentina”, avisa, pero no dice cuándo será ese día. Sólo él lo sabe. Y lo esconde como aquel niño que esconde la pelota para que nadie se la quite, por más que Ricardinho nunca haya soñado con una pelota sino con caballos, riendas, monturas y estribos.